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Para México, la integración con Estados Unidos sigue siendo un activo estratégico en un mundo cada vez más proteccionista, pero también implica una mayor exposición a choques políticos. La estabilidad macro del país ya no solo dependerá de la inflación o el crecimiento, sino de evitar que la agenda de seguridad y migración se filtre al comercio.
El 2026 no arranca con un indicador: arranca con un giro político. Con Donald Trump otra vez marcando la conversación en Estados Unidos, vuelve una lógica que muchos creían archivada: la economía como instrumento de poder.
Seguridad, energía, migración y comercio se amarran en el mismo trato. Venezuela es la prueba de tono: sanciones, presión y unilateralismo selectivo no buscan consenso; buscan resultados.
Para México, ignorar este marco sería caro. La integración con Estados Unidos sigue siendo un activo estratégico en un mundo más proteccionista, pero también implica mayor exposición a choques políticos. En 2026, la estabilidad macro no dependerá solo de inflación o crecimiento, sino de evitar que la agenda de seguridad y migración se filtre al comercio.
La revisión del T?MEC no será un trámite técnico: será una negociación dura, con titulares incómodos y episodios de volatilidad.
Con ese telón de fondo, el año económico se entiende mejor. Veo 2026 como un año mejor que 2025, pero lejos de cualquier euforia.
Vicisitudes
Mi escenario base apunta a crecimiento cercano a 1.6%, por encima de un consenso más cauteloso (1.2%–1.3%). El motor seguirá siendo la demanda interna: consumo que resiste, un impulso táctico asociado al Mundial y, si el entorno externo coopera, un sector industrial que deja de restar.
El mensaje es simple: el crecimiento no llegará por inercia; habrá que ganarlo con inversión.
La inflación tampoco ofrecerá un camino limpio. Tras la desinflación de 2025, anticipo fricción en 2026: un bache transitorio por ajustes en precios relativos —impuestos, aranceles y costos laborales—. En México no tenemos un cambio de régimen, pero sí un recordatorio de que la convergencia no es automática.
Las expectativas lo reflejan: el mercado sigue viendo inflación cerca de 4% hacia el cierre del año y una llegada al objetivo del 3% más lenta de lo que muchos discursos sugieren. El riesgo no es el rebote puntual; es la complacencia frente a la subyacente.
Este contexto obliga a una política monetaria menos cómoda. Mi escenario contempla que Banxico privilegie cautela en la primera parte del año y retome recortes conforme se confirme que la subyacente vuelve a moderarse.
Un cierre de tasa alrededor de 6.50% es consistente con esa estrategia y coincide, en lo esencial, con la expectativa promedio del mercado. En 2026, la credibilidad importará más que la velocidad.
Margen fiscal y el peso de Pemex
En lo fiscal, el margen se estrecha en 2026. Las prioridades sociales seguirán siendo centrales, pero el espacio presupuestario es finito. Pemex continúa como pasivo contingente relevante: los ajustes financieros alivian flujos, pero no representan una solución estructural. En un entorno de energía menos favorable, el margen para errores se reduce.
Para los mercados, la conclusión es inevitable: 2026 no será un año de rendimientos fáciles ni homogéneos. En renta fija, el atractivo ya no vendrá del simple paso del tiempo, sino de cómo se construyen las posiciones: duración, calidad y liquidez.
En renta variable, tanto global como local, el desempeño será más disperso. No todo subirá por las mismas razones. En la Bolsa mexicana, el atractivo no se traduce en euforia. Es valuación con catalizadores, y eso exige selección.
Si 2026 tuviera una lección, no sería macroeconómica sino estratégica: el mundo ya no premia la inercia.
En un entorno donde la geopolítica manda, la inflación no obedece del todo y el crecimiento se vuelve selectivo, la mayor equivocación es creer que el contexto hará el trabajo por nosotros. 2026 no será el año de las apuestas cómodas, sino de las decisiones incómodas bien pensadas. Quien siga esperando que el piloto automático regrese, probablemente se quede atrás.







