Columna | Al Aire: Pintarle “dedo” al T-MEC

Donald Trump no solo calificó al T-MEC como “irrelevante”. En Detroit, acompañó la frase con un gesto obsceno dirigido a un manifestante. La imagen fue más elocuente que cualquier discurso: para Trump, el acuerdo comercial que sostiene la integración productiva de América del Norte no merece respeto, solo un dedo medio levantado.

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por Enrique Hernández Alcázar

 

Donald Trump no solo calificó al T-MEC como “irrelevante”. En Detroit, acompañó la frase con un gesto obsceno dirigido a un manifestante. La imagen fue más elocuente que cualquier discurso: para Trump, el acuerdo comercial que sostiene la integración productiva de América del Norte no merece respeto, solo un dedo medio levantado.

Sin matices, el presidente afirmó que Estados Unidos “no lo necesita”. El mensaje sonó a golpe de mesa, pero también a libreto electoral. La promesa de “traer de vuelta” fábricas, empleos y orgullo industrial vuelve a funcionar como consigna rumbo a noviembre, cuando la política estadounidense tenga que ir a las urnas. En la precampaña, cualquier villano sirve. No importa si es la migración, el fentanilo, China, el narco mexicano o el propio acuerdo trilateral.

En ese relato, cancelar o “mandar al diablo” el T-MEC se vende como prueba de fuerza. El problema es que en el mundo real la fuerza también se mide por costos. ¿Es un balazo en el pie para Washington amenazar con desconectar el circuito que sostiene su manufactura integrada?

El Tratado norteamericano no es una hoja de papel: es una red eléctrica. Las cadenas automotrices -el corazón simbólico de Detroit- cruzan fronteras como si fueran carriles internos. Piezas que se fabrican en México, se ensamblan en Estados Unidos, regresan a Canadá y vuelven a Michigan convertidas en autos. Por eso, tras el desplante, el CEO de Ford lo llamó “crítico” para la industria, justo cuando el acuerdo entra en su año de revisión. Y no es una opinión ideológica: el propio gobierno estadounidense estimó que el T-MEC elevaría su PIB real en más de 68 mil millones de dólares y sumaría alrededor de 176 mil empleos. Si el tratado se vuelve ceniza, no solo se “castiga” a México: Estados Unidos renuncia, voluntariamente, a beneficios que ya había contabilizado como ganancia nacional.

El golpe sería aún mayor si se observa el tamaño del intercambio. En 2024, el comercio de Estados Unidos con México rondó los 840 mil millones de dólares y con Canadá superó los 760 mil millones. Más de 13 millones de empleos estadounidenses dependen directamente del comercio con sus dos vecinos. ¿De verdad Washington quiere pelearse con su bloque productivo más cercano -su socio comercial número uno en la práctica cotidiana- para alimentar un eslogan de campaña? Suena temerario incluso para un político que se nutre del conflicto.

¿Es una amenaza real para México? Sí, en la medida en que la incertidumbre ya es daño: frena inversiones, encarece el financiamiento y vuelve frágiles decisiones industriales que requieren horizonte. Pero también existen límites institucionales. El T-MEC tiene una revisión conjunta en 2026 y cualquier salida requiere notificación previa. Trump puede agitar la pistola, pero apretar el gatillo tiene costos que no desaparecen con un mitin.

En el fondo, el trumpismo usa el tratado como palanca: amenaza para negociar, incendia para arrancar concesiones y genera ruido para tapar otras grietas. El riesgo para México es doble: que el chantaje derive en exigencias unilaterales -energía, reglas de origen, controles a la inversión china- y que el comercio se convierta en rehén de la política interna estadounidense.

El riesgo para Estados Unidos es más simple y más grave: confundir propaganda con estrategia. Descubrir, demasiado tarde, que dinamitar la integración regional no libera a su industria; la encarece, la desordena y la vuelve menos competitiva frente al mundo.

En los mítines, vociferar “irrelevante” y hacer la ‘Britneyseñal’ arranca aplausos. Pero en la caja registradora de la economía, la obscenidad puede salir carísima. Porque pintarle dedo al T-MEC no es rebeldía: es dispararle a la propia industria estadounidense.

 

 

 

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