Columna | Financiamiento estratégico vs. crédito de emergencia

Columna | Financiamiento estratégico vs. crédito de emergencia

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Eduardo Daniel Quiroz Quintero

Hace un par de meses mantuve una consulta financiera con una empresa familiar que buscaba un esquema de factoraje para sostener su operación; el problema no era menor, pues su capital de trabajo ya no alcanzaba para cubrir las necesidades del día a día.

Al revisar su situación, me encontré con una realidad que se repite con frecuencia: por los tiempos y los criterios que utilizan las financieras, el crédito no era viable. La información disponible revelaba que la empresa carecía de la capacidad necesaria para asumir una deuda en ese momento; sus números no acompañaban la urgencia con la que se buscaba el flujo.

La reacción del empresario fue de total sorpresa; no lograba entender cómo, justo cuando más necesitaba el crédito, este le era negado. Ahí aparece uno de los errores más comunes en muchas PyMES: pensar que el financiamiento funciona como un salvavidas al que se puede recurrir en plena crisis, cuando en realidad el mercado rara vez opera de esa manera.

Endeudarse no es el problema; el problema es hacerlo tarde. Cuando se busca capital con el agua al cuello, el precio del dinero deja de ser una tasa de interés para convertirse en una penalización por la falta de planificación. La urgencia es, por definición, costosa: una empresa presionada no solo tiene menos probabilidades de obtener el recurso, sino que, si lo consigue, suele ser bajo condiciones que terminan por asfixiar el poco margen que le queda.

En mi experiencia, las empresas que acceden a financiamiento no son las que están en crisis, sino las que están ordenadas. Son negocios que no necesariamente necesitan el crédito en ese instante, pero que entienden que tenerlo disponible forma parte de una gestión financiera responsable.

Cuando una empresa mantiene estabilidad en sus flujos e información clara, el financiamiento se convierte en una opción real; se analiza con calma, se compara entre alternativas y se toma con base en la capacidad de pago, no por presión operativa. En estos casos, el crédito no condiciona a la empresa, sino que le otorga margen de maniobra, permitiéndole anticiparse y enfrentar eventualidades sin comprometer su operación diaria.

La realidad es que una empresa ordenada siempre tiene más posibilidades de acceder a recursos que una empresa presionada. En ese contexto, el financiamiento se entiende como una herramienta más dentro del manejo del negocio y no como un analgésico al que se recurre cuando el problema ya es crítico.

El escenario opuesto es el que se repite con mayor frecuencia: la empresa espera hasta quedarse sin liquidez para buscar un crédito. Llega al mercado cuando ya no puede operar con normalidad, sin margen de maniobra y con poco espacio para negociar condiciones razonables. En muchos casos, termina aceptando esquemas que no son los ideales, no por mala fe, sino por una mala práctica arraigada en la cultura financiera.

Una empresa no se vuelve riesgosa cuando solicita financiamiento; se vuelve riesgosa porque lo solicita cuando ya está hundida. El financiamiento no cambia la situación estructural de la empresa, sino que la expone. Pone de manifiesto su nivel de orden, su capacidad real de pago y, sobre todo, la oportunidad del momento en que decidió buscar ayuda externa.

Por eso, el crédito rara vez llega cuando la empresa ya está en problemas; no porque el sistema sea insensible, sino porque el riesgo ya es evidente para cualquier institución. La diferencia entre acceder o no a financiamiento no está en la urgencia de la solicitud, sino en el trabajo previo que se hizo, o se omitió, cuando todavía había margen para decidir.

Eduardo Daniel Quiroz Quintero es consultor estratégico con formación en Derecho y Finanzas. Se especializa en cumplimiento normativo y fortalecimiento financiero para PyMES.

 

 

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