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por Enrique Hernández Alcázar
El presidente de Estados Unidos volvió a postear. Y cuando Trump se refiere a Venezuela, ya no habla de democracia, ni de derechos humanos, ni siquiera de petróleo en abstracto. Habla de control. De dominio. De negocios bajo sus reglas.
El mensaje es claro, casi brutal en su franqueza: Venezuela comprará exclusivamente productos fabricados en EEUU con el dinero que obtenga de un nuevo acuerdo petrolero. Alimentos, medicamentos, dispositivos médicos, infraestructura eléctrica. Todo estadounidense. Sin intermediarios. Sin diversificación. Sin margen de maniobra.
No es ayuda. No es cooperación. Es una factura geopolítica.
La declaración del presidente estadounidense no describe un tratado comercial; describe una relación de dependencia. Un país productor de petróleo que solo puede usar sus propios ingresos para comprarle al socio que le impone las condiciones. Un mercado cautivo disfrazado de “decisión acertada”. Un castigo económico con sonrisa diplomática.
En términos estrictos, no estamos ante un bloqueo clásico, no hay flotas cerrando puertos ni embargos multilaterales firmados en la ONU, pero sí frente a algo igual de eficaz: un bloqueo selectivo, quirúrgico, moderno. Un sistema en el que Venezuela puede vender, pero no decidir. Cobrar, pero no elegir. Comprar, pero solo a uno.
Trump lo presenta como un triunfo para el “pueblo venezolano”. La historia latinoamericana nos obliga a desconfiar de esa retórica. Cada vez que una potencia ha dicho actuar “por el bien” de la región, el resultado ha sido el mismo: pérdida de soberanía económica, asfixia productiva local y dependencia prolongada.
El mensaje también va más allá de Caracas. Es un aviso al resto de América Latina: Washington no solo quiere castigar a los adversarios ideológicos; quiere reordenar mercados, expulsar competidores y cerrar filas frente a China, Rusia e Irán. Venezuela es el laboratorio. El ensayo general.
Porque al obligar a Caracas a comprar solo productos estadounidenses, Trump no solo margina a proveedores europeos o asiáticos; también deja fuera a países latinoamericanos que podrían abastecer alimentos, medicamentos o servicios. Es una reconfiguración del comercio regional por imposición, no por competencia.
La paradoja es brutal: un país sancionado, intervenido y condicionado termina siendo presentado como socio privilegiado. Pero no es una alianza entre iguales. Es un contrato de adhesión.
Venezuela cambia petróleo por obediencia comercial. Estados Unidos cambia presión militar y financiera por control económico. Y el resto del continente observa cómo se normaliza una lógica peligrosa: la del comercio como herramienta de sometimiento.
No es el viejo bloqueo de la Guerra Fría. Es algo más sofisticado y, por eso mismo, más preocupante. Un bloqueo sin nombre, sin barcos y sin declaraciones formales. Un bloqueo que se firma en redes sociales y se ejecuta en las cadenas de suministro.
Trump no está aislando a América Latina. Está haciendo algo más eficaz: la está disciplinando.
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