Veracruz: El estado de la Aventura

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Del puerto a las dunas de Chachalacas; de la Isla Sacrificios a las playas de Boca del Río, su estancia en Veracruz será digna de ser incluida en un jarabe tapatío.


Mayra Zepeda

Lanzarme o no lanzarme, ése es el problema mientras observo el abismo de arena con una mezcla de desconfianza y adrenalina en la sangre. El paisaje es una maravilla, unión de dos ecosistemas: el desértico, conformado por las dunas de arena de Chachalacas, Veracruz, y el mar, uno de los mejores conservados del estado.

Venzo el temor a las alturas y me lanzo. Me deslizo en picada con la tabla de sandboard bajo mis pies. Hacer sandboarding es como practicar tres deportes al mismo tiempo: el skate (con la patineta), el surf y el snowboard. ¿La diferencia? En el sandboarding uno no se enfrenta al asfalto, al mar o a la nieve, se enfrenta a la arena.

Hernán Samaniego, director operativo de Nómadas Camp –la empresa que detenta el negocio del sandboard en Chachalacas, y que además es especialista en campamentos infantiles-, me lleva en su camioneta 4×4 a través de las dunas.

Atravesarlas a bordo de una 4×4 también forma parte de la aventura. Hernán acelera y enseguida, a toda velocidad, subimos y bajamos dunas de arena que tienen una altura aproximada de 50 metros.

Subir y bajar las dunas es como estar a bordo de un carrito de montaña rusa, el estómago se hace pequeño y sube hasta el cerebro. De pronto Hernán detiene la camioneta. La vista es esplendorosa. El conjunto de dunas se alzan imponentes al rayo del sol, doradas y lisas.

Llegamos a la duna más grande llamada “El Cono” por la manera en que sus formas están dispuestas. Las paredes de “El Cono” están empinadísimas, tanto, que sólo acercarse a las orillas provoca vértigo.

Quitarse los tenis, encerar la tabla con cera de surfer, dar un pequeño brinco para colocarse en la posición correcta a la orilla de la duna y decidirse a navegar por la arena es todo lo que se necesita para hacer sandboarding en Chachalacas, una actividad que se aleja de todos los clichés que envuelven al estado de Veracruz: el malecón, el Gran Café de la Parroquia, los restaurantes de mariscos a la orilla del mar, el fuerte de San Juan de Ulúa y el son jarocho.

Veracruz también es un estado de ecoturismo y deportes extremos, donde el rafting, el sandboarding, el kitesurfing y las carreras de motos están a la orden del día.

Si bien Chachalacas es la meca del sandboarding en Veracruz –en México también se puede practicar en los desiertos de Sonora y Chihuahua-, el pueblo de Jalcomulco es del rafting o balsa en rápidos.

Sin embargo, ¿qué sería de Veracruz sin aquellos clichés que, lejos de restarle belleza e interés al estado, lo exaltan?

Después de un día agitado, de deportes extremos y de arriesgar el pellejo en una duna altísima, el cuerpo busca la tranquilidad que ofrecen los paseos por el puerto más importante de México, el veracruzano.

El centro conjuga, literalmente, el cliché de lo que es el estado de Veracruz, una región de marimbas, café, tamarindos, sombreros de palma, pescados a la veracruzana, toritos de sabores y enormes barcos cargueros.

Veracruz, también como otros estados de la República, tiene una zona llamada Los Portales, donde de día o de noche los diversos eventos al aire libre son prueba fehaciente de que éste es un estado que rebosa vida.

La zona de Los Portales huele a café, licores de sabores y a madera de juguetes antiguos. El callejón del Portal de Miranda es un rincón de puestos de artesanías y antojitos muy típicos donde se pueden comprar todos los olores de la calle.

Al caminar por esta zona es imposible que la Catedral de la Asunción pase desapercibida. La Iglesia del Centro, como también es conocida, es muy sencilla, de paredes blancas y con una notoria ausencia de decorados en oro o de grandes pinturas murales.

La calle M. Lerdo es de las más bellas, con todos sus lugares para comer y descansar. A veces el viento sopla fresco, pero no es ningún pretexto para que la gente no luzca sus shorts, sandalias y playeras ligeras.

Escucho marimbas afuera de varios restaurantes, una buena diversidad de sones jarochos mientras tomo un par de cervezas en uno de los restaurantes que atraen a la clientela con la promoción de “la hora feliz perpetua”.

Desde la última vez que visité Veracruz, hace unos cinco años atrás, el malecón no ha cambiado en demasía. Continúan los puestos ambulantes que ofrecen al turista toda clase de piratería, desde relojes y perfumes, hasta juguetes chinos.

Sobre el malecón, las bancas que alguna vez fueron de color blanco parecen de papel de lo oxidadas que están, bancas que de un momento a otro podrían deshacerse. Ahí mismo veo a un fotógrafo anciano con una cámara antigua intentando conseguir que una familia se tome una fotografía con los enormes barcos cargueros de fondo. No llega ni un cliente. Averiguo su nombre. Don Cipriano le hace la competencia a todo el mar de cámaras digitales que abundan hoy en día porque confía en la magia de una fotografía antigua.

Recorrer todo el centro de Veracruz a pie puede ser toda una odisea, sin embargo, también existe la opción de admirarlo desde el segundo piso del Tranvía Tradicional de la Ciudad de Veracruz, una especie de Turibús pero mucho más folclórico.

Pago 30 pesos y enseguida me reciben con una galleta casera y un pequeño vaso de torito de cacahuate. En el paseo podrá ver el Ayuntamiento, el Faro de Carranza, el Faro de Benito Juárez, el Registro Civil, la Aduana Marítima, la Administración Portuaria del Estado de Veracruz –la cual es iluminada con luces de colores en la noche-, el edificio de Correos, la antigua estación de ferrocarril, la Plaza de las Artesanías y el Baluarte de Santiago el Polvorín.

Para la noche opto por algo relajado: escuchar al aire libre en el zócalo a la Orquesta Sinfónica del Estado de Veracruz interpretar los más clásicos sones jarochos, y después un café con leche bronca y una concha con nata en el Gran Café de la Parroquia, un sitio emblemático del puerto veracruzano, al cual han asistido multiplicidad de gobernantes mexicanos y extranjeros, y artistas de la talla de María Félix y Agustín Lara.

Si bien dicen que las playas de Veracruz no son las más bellas de México, la de Boca del Río, a sólo 15 kilómetros del centro de la ciudad, es una de las mejores –además de Chachalacas.

Para poder observar y disfrutar de unas aguas más limpias, puede tomar un bote a la Isla de Sacrificios, ubicada al frente del puerto de Veracruz. El buceo, el snorkel o el kayakismo son actividades que podrá realizar en esta isla que resguarda buena parte del Parque Marino Nacional Sistema Arrecifal Veracruzano.

¿Le interesa conocer de primera mano las especies que habitan las aguas veracruzanas? Entonces el Acuario de Veracruz, con la pecera de agua salada más grande de toda América Latina, es el lugar correcto para usted.

Me despido de Veracruz con unos camarones al mojo de ajo y un arroz a la tumbada en uno de los restaurantes de la laguna de Mandinga, en Boca del Río. El ir y venir de los meseros es acompañado por el zapateado de una bella jarocha y de un conjunto de músicos que entonan con la guitarra y el arpa el son de “La Bruja”.

¿Que si quiero mi propio son?, me preguntan los músicos. Acepto. ¿Quién no querría una composición musical que hable sobre la belleza de su mirada, los coquetos lentes que la cubren y una sonrisilla traviesa?

Mayra Zepeda

RECUADRITO

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